En el lugar donde trabajo no es necesario hacerse visera con la mano para ver. Un sinfín de lamparitas dicroicas surcan los techos del Spinetto Shopping dando una confortable sensación tres de la tarde todo el día. Paradójicamente, lo primero que hago cuando llego al patio de comidas es calzarme la visera –una visera de verdad, roja, con broche y elástico y las palabras DI Caprio, Caffé Italiano bordadas en la parte de la frente.
Para entrar al local hay que tener la visera puesta. Yo sólo me la apoyo en el mate en resuelta actitud de rebeldía. Después subo a un entrepiso donde se completa la transformación con un pantalón pinzado negro y una remera roja con los colores de la bandera italiana en las mangas y un estampado blanco que grita Benvenuto!! en el pecho. Es una especie de Atrévase a soñar a la inversa. Entrás mal pero sabés que al final del recorrido vas a estar mucho peor. Yo ya me acostumbré al uniforme. Al principio, cuando alguno de los chicos se pasaba a saludar, me daba una vergüenza terrible. De todas formas, ellos se guardan sus comentarios piadosamente. Supongo que lo de la visera los supera.
Visera en mate entonces, bajaba a la cocina cuando escuché un grito que me hizo rebobinar inmediatamente hasta el primer escalón. En realidad, entre una cosa y otra la vi a Amada, la cocinera. La vi a Amada poniéndose la chaqueta, con los brazos levantados y completamente en tetas. Me quedé cigarrillo 43. Amada dijo algo en guaraní y se rió. Por mi cabeza empezaron a desfilar las palabras “TETAS” y “AMADA” como los vagones de un tren de carga estruendoso. La experiencia de ver una mujer desnuda me resulta inquietante. Cuando se da la ocasión, intento atenuar el impacto haciéndome una imagen mental de lo que se viene. Si veo a una mujer vestida la puedo imaginar des-vestida. Pero ocurre que la imagino de la misma manera en que imagino a un determinado modelo de auto cuando escuchó la palabra “auto”. Y lo que lo hace peor es que por lo común tiendo a pensar en un cero kilómetro. Gracias a Dios, a medida que me acerco a la dama en cuestión la voy encontrando más interesante, hasta que el tacto reemplaza a la vista y mente y cuerpo sucumben al inefable instinto animal.
A los pechos de Amada, sin embargo, no les había dedicado un solo pensamiento. Bajé de la escalera, otra vez. “Perdón”, dije. Estaba boludo, como si una ola de tres metros me hubiese llevado puesto. Amada se rió. Levanté la visera que se me había caído. Después abrí la puerta del salón y salí mirándome la punta de los zapatos.
Amada es la cocinera del turno mañana. Debe andar por los treinta y pico, pero parece más. Se vino de Paraguay con su esposo hace años, no sé cuantos la verdad. Mínimo cuatro, que es lo que lleva cocinando en esta cueva. Su situación contractual es una especie de mito entre el resto de los empleados. Según me contó Rocío, la freidora vieja –ahora tenemos otra más nueva- recalentaba mal. Pasó que un día Amada fue a sacar una porción de fritas y cuando levantó el canasto, el contenedor regurgitó una parábola de alquitrán ardiente que fue a dar a su brazo derecho, desollándolo desde el codo hasta el comienzo del hombro. Parece que Amada se asesoró con una abogada competente y demandó a la patronal por una torta de guita. Cuando Amada se enoja es algo serio. Ojo con Amada cuando se enoja. Fueron a juicio y hasta el día de hoy las partes tienen una o dos audiencias semanales, de escaso éxito por lo visto. Ninfa, for anader part, tiene una versión diferente. Según ella el quilombo empieza cuando al marido de Amada le dicen que tiene un problema en el corazón y que si no se opera cuanto antes se le va a cortar la luz. En ese momento el tipo tenía trabajo pero estaba en negro, así que Amada se asesoró con otra abogada competente –podría ser la misma en realidad- y, acorde a derecho, acudió a la cupola dicapriense para que costearan la operación de su marido. Los tipos se negaron, demanda, juicio, etc.
Yo me inclino más por la primera versión porque ella habla de su marido en tiempo presente, aunque bien podría estar hablando de otro marido, el relevo del cardiópata.
miércoles, 28 de enero de 2009
martes, 20 de enero de 2009
4- De casa al trabajo
En el camino al trabajo fui madurando el proyecto emancipatorio. Ahorrando la mitad de mi sueldo me quedaba resto para aportar en casa y salir una vez por semana con los chicos. En seis meses juntaba depósito y adelanto. El tema del espacio me daba igual. Veintiséis años durmiendo con tu hermano hacen que un iglú te parezca la isla de Caras. Lo que no estaba dispuesto a resignar era el dominio exclusivo sobre ese espacio. Nada de vivir con amigos. Me puse a enumerar mentalmente algunos de los gastos que tendría que suprimir/moderar en adelante. Para empezar, no más salidas los sábados. Un esfuerzo menor teniendo en cuenta las alternativas de la noche porteña. Por otro lado, como dice Julián, los viernes están más lejos del lunes y la gente –las mujeres- está de mejor talante. Las fechas de inscripción para la facultad me habían pasado por arriba así que no se me iba a licuar la guita en apuntes y boletos de colectivo durante los cuatro meses venideros. En cuanto a mi vestuario, hace rato que se había asimilado con el de Hernán, muy para mi beneficio, ya que mi hermano tiene una marcada debilidad por la ropa de marca. En caso de emergencia –salida con una mujer- siempre estaba Once.
Para cuando llegué a la cuadra del laburo el estrés post traumático del episodio “mi-madre-sedándose-con-ginebra-a-las-siete-de-la-mañana” se había transformado en el catalizador del demorado plan “salir-de-casa-como-sea”. El tero de la esquina estaba alimentando la cría. Haciéndome visera con la mano alcancé a ver como los retoños desplumados abrían sus fauces invocando su derecho filial a la papa. Abrí la boca a mi vez y emití un mudo grito primal.
Para cuando llegué a la cuadra del laburo el estrés post traumático del episodio “mi-madre-sedándose-con-ginebra-a-las-siete-de-la-mañana” se había transformado en el catalizador del demorado plan “salir-de-casa-como-sea”. El tero de la esquina estaba alimentando la cría. Haciéndome visera con la mano alcancé a ver como los retoños desplumados abrían sus fauces invocando su derecho filial a la papa. Abrí la boca a mi vez y emití un mudo grito primal.
viernes, 16 de enero de 2009
3- Los candados, mamá
Al otro día lo trajeron a Hernán en una silla de ruedas y sin apéndice. Papá subió el auto marcha atrás sobre la vereda. Primero bajó mamá. Después papá lo ayudó a bajar a Hernán y mamá lo recibió con la silla desplegada y una almohada que sacó del bolso y colocó entre Hernán y el respaldo. Yo había pasado una noche esplendida mirando tele y desquitándome con el bizcochuelo de la tía. En una visita al baño había manoteado la revista del cable y recorriendo la grilla de programación me encontré con que en Space pasaban Seducción de dos lunas a la una y media. No me acuerdo qué le dije a la tía pero logré que se subiera en un taxi y me dejara el bizcochuelo. Después abusé un rato de mí mismo y planché en el sofá.
“¿Y vos qué hacés que no estás en colegio?”,dijo papá mientras depositaba a Hernán en su cama. Le dije que no me había sonado el despertador. “Andá y ayudá a tu madre”, dijo. Salí del cuarto deseando haber ido al colegio. Mamá estaba en el patio sancochando un calzoncillo de Hernán contra el fondo de la pileta. Le pregunté si necesitaba algo y me ladró que le acercara la cartera. “Tomá”, dijo alargándome cincuenta pesos, “andá a lo de Héctor y traéte seis candados de los chiquitos” A partir de ese día y hasta que papá y mamá dejaron de salir de casa tuvimos restringido el acceso a las alacenas y yo se lo enrostré a Hernán cada vez que pude.
Empezó a amanecer. La luz del patio viró de celeste a un blanco mortecino y la mesa de la cocina rezumaba ginebra. Miré a mamá y me acordé cuando éramos chicos y nos daba una cucharadita de propóleo antes de desayunar. “¿Cuántos años tenés?”, me preguntó. “Veintiséis”, le recordé frunciendo la nariz por el olor. “Qué linda edad”, dijo. “Toda la vida por delante”. Y ahí nomás se largó a llorar. En ese momento apareció Hernán en el marco de la puerta. Se hizo el boludo, dio media vuelta y salió al patio rascándose el culo. “Perdonáme, hijo. No sé qué le pasa a mamá”. “Tenés que salir, mamá”, le dije mientras me cebaba el primer mate. “¿A dónde?”, dijo ella. “No sé, ma, a donde sea. A una quinta”. “¿Qué quinta? A mí lo que me hace falta es volver a trabajar”. “Y bueno”, dije tratando de ponerle pilas, “¿por qué no se ponen un quiosco con papá?” Mamá se secó la nariz con la manga del camisón y me dijo que un quiosco era mucho trabajo y que para ganar miseria prefería trabajar por horas en una casa. Me puse a rayar la mesa con la llavecita del candado a ver si haciéndola enojar la sacaba de la onda tanguera. “Dejá eso ahí”, me gruñó. Un segundo después se le cayeron las cejas y la pera se le lleno de gusanos. “Extraño a mi papá”, vómito hecha un mar de lágrimas. “LO EXTRAÑO TANTO” Le agarré la mano un rato. En el baño Hernán cantaba un tema de una esas bandas de mierda que le gustan a él. Salió el sol sobre la medianera. Levanté a mamá de la silla y la acompañe hasta la puerta de su cuarto. “Trata de dormir un poco, vieja”, le dije. “Cuando vuelvo vemos si se nos ocurre algo”. Me dio un beso en la frente y avanzó dando pasitos hasta su lado de la cama.
“¿Y vos qué hacés que no estás en colegio?”,dijo papá mientras depositaba a Hernán en su cama. Le dije que no me había sonado el despertador. “Andá y ayudá a tu madre”, dijo. Salí del cuarto deseando haber ido al colegio. Mamá estaba en el patio sancochando un calzoncillo de Hernán contra el fondo de la pileta. Le pregunté si necesitaba algo y me ladró que le acercara la cartera. “Tomá”, dijo alargándome cincuenta pesos, “andá a lo de Héctor y traéte seis candados de los chiquitos” A partir de ese día y hasta que papá y mamá dejaron de salir de casa tuvimos restringido el acceso a las alacenas y yo se lo enrostré a Hernán cada vez que pude.
Empezó a amanecer. La luz del patio viró de celeste a un blanco mortecino y la mesa de la cocina rezumaba ginebra. Miré a mamá y me acordé cuando éramos chicos y nos daba una cucharadita de propóleo antes de desayunar. “¿Cuántos años tenés?”, me preguntó. “Veintiséis”, le recordé frunciendo la nariz por el olor. “Qué linda edad”, dijo. “Toda la vida por delante”. Y ahí nomás se largó a llorar. En ese momento apareció Hernán en el marco de la puerta. Se hizo el boludo, dio media vuelta y salió al patio rascándose el culo. “Perdonáme, hijo. No sé qué le pasa a mamá”. “Tenés que salir, mamá”, le dije mientras me cebaba el primer mate. “¿A dónde?”, dijo ella. “No sé, ma, a donde sea. A una quinta”. “¿Qué quinta? A mí lo que me hace falta es volver a trabajar”. “Y bueno”, dije tratando de ponerle pilas, “¿por qué no se ponen un quiosco con papá?” Mamá se secó la nariz con la manga del camisón y me dijo que un quiosco era mucho trabajo y que para ganar miseria prefería trabajar por horas en una casa. Me puse a rayar la mesa con la llavecita del candado a ver si haciéndola enojar la sacaba de la onda tanguera. “Dejá eso ahí”, me gruñó. Un segundo después se le cayeron las cejas y la pera se le lleno de gusanos. “Extraño a mi papá”, vómito hecha un mar de lágrimas. “LO EXTRAÑO TANTO” Le agarré la mano un rato. En el baño Hernán cantaba un tema de una esas bandas de mierda que le gustan a él. Salió el sol sobre la medianera. Levanté a mamá de la silla y la acompañe hasta la puerta de su cuarto. “Trata de dormir un poco, vieja”, le dije. “Cuando vuelvo vemos si se nos ocurre algo”. Me dio un beso en la frente y avanzó dando pasitos hasta su lado de la cama.
jueves, 15 de enero de 2009
2- El cumple
Creo que fue cuando cumplí catorce. Mamá había comprado una especie de surtido salado tamaño bolsa de consorcio. Chizitos, palitos, maní. Todo made in argentina. Ese día tenía gimnasia, así que llegue a casa alrededor de las cinco. Papá me estaba esperando en la esquina cruzado de brazos. Levantó la mano. Le contesté abriendo los brazos exageradamente para disimular el vuelo del cigarro. En ese momento dobló una ambulancia y paró en la puerta de casa. “Tu hermano”, dijo papá, “apendicitis”. De la ambulancia bajaron dos tipos con una camilla. Mamá les abrió la puerta de rejas y atrás de los tipos entramos papá y yo. Tiré la mochila en el patio y me fui hasta el cuarto. Mamá ya estaba en el living hablando por teléfono con tía Lita. Los tipos de la ambulancia pusieron la camilla a la altura de la cama y le preguntaron a Hernán si podía moverse sólo. Les respondió que sí. “!La bolsa entera!”, escuché gritar a mamá desde el living. Fui hasta la cocina y encontré la bolsa vacía excepto por tres o cuatro chizitos y un paquete de maní bañado en aceite que, por lo demás, estaba intacto en el fondo. Volví al cuarto. Hernán ya estaba encamillado y se agarraba la panza con las dos manos. “¿Te comiste la bolsa entera, enfermo?” Me corrí para dejar pasar la camilla. Hernán abrió los ojos como si le hubiese pegado un tiro y me mandó a la concha de mi madre. Después se agarró la panza como si le fuera a salir un bebé de alien y los tipos le pidieron que se quedara quieto. “!De la tuya!”, le grite desde el patio mientras lo subían a la ambulancia. Mamá salió del living pateando un bolso enorme “¿Dónde está tu padre?”, vociferó. La ambulancia arrancó y un segundo después apareció la trompa del Dodge seguida por un bocinazo. “Quedáte acá que ahora viene tía Lita. Yo después te llamo”. Siguió pateando el bolso en dirección a la puerta. Papá le preguntó para qué tanto bulto pero el bramido del Dodge se engulló la respuesta.
Cuando llegó la tía yo estaba tirado en el sofá viendo un capítulo repetido de los Simpsons. La tía tiene llaves de casa, así que zafé del viaje hasta la puerta. Me preguntó a qué hora empezaba a llegar la gente. Le dije que no se preocupara porque sólo íbamos a ser nosotros dos. “Pero y yo para qué vine entonces”, me dijo ella. Le di a entender qué lo de Hernán me tenía preocupado y se tranquilizó. La verdad es que antes de que ella llegará había llamado a mis amigos – a mis tres amigos, para ser preciso- y les había dicho que me iba a comer afuera con la familia. Dos horas después el cadáver de la tía estaba roncando en el sillón Acapulco (así le dice mamá a la reposera) y yo despedía mi cumpleaños haciéndome una paja en el sofá. Papá y mamá no llamaron.
Cuando llegó la tía yo estaba tirado en el sofá viendo un capítulo repetido de los Simpsons. La tía tiene llaves de casa, así que zafé del viaje hasta la puerta. Me preguntó a qué hora empezaba a llegar la gente. Le dije que no se preocupara porque sólo íbamos a ser nosotros dos. “Pero y yo para qué vine entonces”, me dijo ella. Le di a entender qué lo de Hernán me tenía preocupado y se tranquilizó. La verdad es que antes de que ella llegará había llamado a mis amigos – a mis tres amigos, para ser preciso- y les había dicho que me iba a comer afuera con la familia. Dos horas después el cadáver de la tía estaba roncando en el sillón Acapulco (así le dice mamá a la reposera) y yo despedía mi cumpleaños haciéndome una paja en el sofá. Papá y mamá no llamaron.
miércoles, 14 de enero de 2009
1- Hernán, papá, mamá, Miriam
En casa me levanto primero, siempre. A Hernán lo irrita. Cuando me ve sentado en el patio con el mate va y se prepara otro para él solo. A veces le ofrezco del mío, pero se hace el sordo. Después me grita desde el baño que no hay una toalla seca y ahí yo me hago el sordo. Honestamente, es un estado de cosas insoportable, pero nos supera. Mamá y papá no se meten. Generalmente me los encuentro a la hora del almuerzo que vengo a casa porque me queda cerca del laburo. A esa hora Hernán no está. Papá tiene el sueño más pesado, así que la mayoría de las veces cuando llego mamá está tirándole de los brazos para que se despegue de la almohada. Mamá toma pastillas pero le hacen efecto a la tarde siguiente recién. Ya cuando me estoy yendo de nuevo a trabajar se pone a merodear el sofá moviendo los portarretratos de una mesa a otra hasta que se le juntan demasiados en una misma mesa y desiste y vuelca en el sofá. Miriam es una señora con cara aindiada que viene a la tarde a casa. Antes venía otra, Nilsa, pero mamá la echó, según dice, porque era amiga de lo ajeno. Todavía no sé muy bien que es lo que hace Miriam todas las tardes en casa. Mamá dice que la ayuda, pero cuando Miriam llega, ella ya está colocadísima en el sofá y como a papá hace rato que no le importa nada, cálculo que Miriam se pasará unas tres o cuatro horas mirando la tele veintiún pulgadas que compramos a medias con Hernán en una de esas ofertas pre-mundial de fútbol y en la media hora restante hace las camas y levanta los portarretratos que mamá deja amontonados sobre la mesa del teléfono.
Hoy me levanté a las seis y media. Hernán abrió un ojo–el otro estaba sellado por un cúmulo de lagañas- se dio vuelta y siguió durmiendo. Prendí la hornalla y me corté las uñas sentado en la silla floreada. En mitad de la faena tuve que salir corriendo para el cuarto porque me había olvidado de apagar la alarma recurrente del despertador. Hernán me dijo que lo apague la concha de mi madre y yo medio le pedí disculpas medio lo mande a la mierda al mismo tiempo. Volví a la cocina y me la encontré a mamá envuelta en la luz azul de la hornalla. Me miró como si le costara ubicarme. Después se dio vuelta y empezó a abrir una por una las puertas de la alacena. Le pregunté qué buscaba y contestó no sé qué verdura sobre Miriam y la lata de los remedios. Le pregunté si se había fijado abajo, entre las cacerolas. “Hacéme el favor, alcanzáme la llave del candado”, me dijo. “No tiene candado”, le dije yo “¿Y esto qué es?” dijo ella golpeando el candado contra la puerta de la alacena. “¿No los habíamos sacado todos?”, insistí “¿quién lo puso?” “Yo”, dijo mamá. Le pregunte si Miriam también era chorra. Me dijo que no, pero que seguro chupaba. Saqué la llavecita plateada del cajón de la máquina de coser y se la alcancé. Acto seguido, mamá abrió el candado y sacó la botella de ginebra.
Hoy me levanté a las seis y media. Hernán abrió un ojo–el otro estaba sellado por un cúmulo de lagañas- se dio vuelta y siguió durmiendo. Prendí la hornalla y me corté las uñas sentado en la silla floreada. En mitad de la faena tuve que salir corriendo para el cuarto porque me había olvidado de apagar la alarma recurrente del despertador. Hernán me dijo que lo apague la concha de mi madre y yo medio le pedí disculpas medio lo mande a la mierda al mismo tiempo. Volví a la cocina y me la encontré a mamá envuelta en la luz azul de la hornalla. Me miró como si le costara ubicarme. Después se dio vuelta y empezó a abrir una por una las puertas de la alacena. Le pregunté qué buscaba y contestó no sé qué verdura sobre Miriam y la lata de los remedios. Le pregunté si se había fijado abajo, entre las cacerolas. “Hacéme el favor, alcanzáme la llave del candado”, me dijo. “No tiene candado”, le dije yo “¿Y esto qué es?” dijo ella golpeando el candado contra la puerta de la alacena. “¿No los habíamos sacado todos?”, insistí “¿quién lo puso?” “Yo”, dijo mamá. Le pregunte si Miriam también era chorra. Me dijo que no, pero que seguro chupaba. Saqué la llavecita plateada del cajón de la máquina de coser y se la alcancé. Acto seguido, mamá abrió el candado y sacó la botella de ginebra.
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