martes 15 de diciembre de 2009

Sábado


Pedís una cerveza y yo te miro.
Te acordás de una escena
de la película. Te reís.
En ese momento inclinás un poco la cabeza,
la luz se queda quieta pero
en tu cara las sombras cambian de lugar.
Después volvés a la posición en que estabas.
Las sombras se reagrupan, grises y obedientes:
todas juntas son el negativo de una constelación.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Faltan doscientos setenta días para el invierno


Una claridad quemante
le saca punta a los edificios, sube un avión,
despacito va desvirgando nubes hasta que una grande se lo come.
Más abajo los primeros pimpollos desde la poda de otoño
y la gente que camina mirándose los pies.
Se vienen las noches de primavera
las estrellas
ponen toda la garra
para brillar más
en la pantalla de mi cine.

jueves 12 de noviembre de 2009

Acá está lloviendo


Se siente el olor a tierra,
por la ventana del living
entra una brisa

seguida de otra que la rempuja
hasta la cocina; de noche al viento
no se lo ve, pero se oyen perros
ladrando en las terrazas
y se oye el ruido que hacen las hojas al rozarse
movidas por el viento, como si la cuadra entera
estuviera friéndose.
Está a punto de largarse
y el viento y el olor a tierra, y a metal, y a piedras,
son demasiado fuertes, y en este momento
la naturaleza nos da miedo,
aunque caminemos confiados
por nuestro living,
sabiendo que la casa va a aguantar
porque es de ladrillo y cemento.
Llueve, se vuelan las cortinas
que nos regaló tu mamá,
que de tan feas
nos terminaron gustando,
un diluvio,
se encuentran
un frente de aire frío
con un frente de aire caliente
y ahí tenés, mañana en el noticiero
seguro aparece un descuidado
flotando panza arriba.
Cierro la ventana y las cortinas
que nos regalo tu mamá
mueren contra el vidrio repartido,
y ahora no se oye el viento, queda un ruido sordo
de gotas en el vidrio.

lunes 9 de noviembre de 2009

La nave

Ayer a la tarde
aterrizó un ovni en el patio de casa.
Se posó suavemente en el piso
y apagó el motor.
Habremos pasado unos diez segundos así, mirándonos.
Después volvió a encender el motor
y se fue volando.

jueves 29 de octubre de 2009

Descomposición


Frente al televisor
yo también soy un parásito,
como la luna insolada
tengo en proporciones iguales
algo de vivo, algo de muerto.
Aprovecho para enumerar las cosas
que iba a hacer hoy
y tampoco voy a hacer mañana
que es un buen ejercicio
para quedarse dormido.
Afuera el aire corre caliente
y lo que queda del día
se comprime en el camión de la basura.

sábado 17 de octubre de 2009

Rueda


Así en el piso
rodó la luna
No se deshizo
rodó la luna
No se deshizo
rodó la luna
No se deshizo
rodó la luna.

viernes 16 de octubre de 2009

El tiempo


Me gusta llevarte
en el manubrio de la bici.
Con el viento en la cara.
Con el tiempo en la cara.

Abrazarte


Abrazarte
tirados en la cama
era saber
que por más que subiera el agua
siempre íbamos a hacer pie.

lunes 5 de octubre de 2009

Del viso


Desparramar las cenizas de mamá
llevó su tiempo.
Horacio hizo un asado en el horno de barro
y papá había llevado una picada generosa.

Comimos afuera,
en el fondo de la quinta, detrás de la casa,
contra el arroyo.
En esa parte el suelo hace
una pendiente suave, por eso
la mesa está clavada al piso.

Después de comer
levantamos entre todos; los huesos
se los dieron a los perros. El sol se puso naranja
y empezó a refrescar.

Papá dijo algo y se fue hasta el auto.
Del baúl sacó una bolsa blanca
de una casa de ropa para mujer.
“Bueno”, dijo.

Hasta ese día
yo no había visto a nadie reducido a cenizas.
Pensaba que iba a ser más chocante, pero no.
Una bolsa de nylon llena de ceniza. Nada más.

Alicia metió la mano
y sacó un buen puñado. Caminó hacia el arroyo
y lo esparció en la orilla
como quien tira semillas en la tierra removida.

Un ladrido de la quinta
de al lado despertó a los perros.
Se le fueron al humo a la ligustrina;
la Mulata al frente, los salchichas atrás.

Lucía lloraba. Acá festejamos sus quince
hace diez años. Papá no estuvo. Mamá
llevó a un novio que le duró poco.
Yo tenía el pelo largo, como se usaba en esa época.
Hay un video.

Alcancé a Alicia junto al gomero grande.
Le pedí la bolsa y
al hundir la mano en el polvo grisáceo
lo sentí frío. Alicia nos contó
una cosa sobre mamá:

Un día en la quinta
estaban hablando de la muerte; mamá
le dijo a Alicia que su deseo era ser enterrada
junto al gomero, de pie y con la cabeza afuera.

Así que ahí fue a parar lo que quedaba en la bolsa.
A la sombra,
junto al gomero,
entre matas de pasto verde,
bajo hojas y manos abiertas.

lunes 21 de septiembre de 2009

Tu cara bajo un paraguas


Tu cara bajo un paraguas
o sus pies en el charco, o la tormenta.
En una esquina un hombre muy quieto
o un cantero vacío.

Anoche, mientras dormías,
el cielo desapareció. O se deshizo.
No sé hasta cuando va a durar 
esta oscuridad. Pero da lo mismo.

Porque siempre hay algo
que no da tregua.
Tu cara bajo un paraguas
o sus pies en el charco, o la tormenta.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Yo Jane, tú Tarzán


Si fuera mina
no saldría con alguien como yo.
Preferiría otras complexiones
más macizas, menos macilentas, un pecho
peludo, menos pueril.
Sí, definitivamente. Preferiría unos bíceps inasibles
unidos a una espalda
ancha como un río ancho,
a estos brazos flacos, a este torso de remo.
Si fuera mina
lo esperaría hecho una diosa, todas las noches
un conjunto distinto. El pelo eterno, como la Hayworth,
los ojos lánguidos de la Dietrich.
Y cada noche la misma secuencia: él me miraría desde el marco de la puerta,

sus feromonas se fundirían con mi perfume importado,
yo lo llamaría con el dedo, le ofrecería mi cuerpo
como un envase vacío. Él me besaría.
Y al sentir
el peso de su sombra sobre mi rostro, apagaría la luz del velador,
abriría las piernas y me olvidaría de todo.
Si fuera mina
aprovecharía esa oscuridad, y ese ir y venir de los cuerpos,
para escupir al oído de mi Tarzán todas esas cosas
que un hombre no puede decir.

lunes 24 de agosto de 2009

Lee Oblogo


Interrumpo brevemente esta saga para agradecer a la gente de Oblogo las sendas publicaciones de dos textos aparecidos en este blog.
Aquellos que no conozcan la revista quedan cordialmente conminados a bucear por sus páginas on line, cliqueando en el siguiente link:  www.oblogo.com




jueves 20 de agosto de 2009

Historia Clínica 3. Qué te picó.


Hace un calor importante. Estoy de manga larga y jogging: ya es la tercera erupción que tengo en menos de un mes y me da mucha vergüenza que me miren los lamparones de dermis inflamada.
Las ronchas me habían empezado a salir a la noche, mientras leía una edición ilustrada de las hazañas de Hércules en la cama de Martín.
Ahora estoy sentado en la camilla del dermatólogo. Tengo los brazos cubiertos de ronchas del tamaño de una hamburguesa y mis muslos parecen las dos mitades de un mapamundi con división política; oriente está visiblemente más inflamado que occidente.
Es el segundo dermatólogo que me ve. El primero no le terminaba de encontrar la vuelta al asunto y yo ya estaba harto, así que mamá me acompañó a ver a éste al centro Villela.
El tipo me pide que me saque la remera. Después me hace estirar un brazo para ver las ronchas de cerca. Yo obedezco, pero tengo una sensación rara, como de ultraje.
En ese momento la miro a mamá y me pongo a llorar (era de llorar mucho yo). Mamá se acerca hasta la camilla y me dice que no me preocupe. “Ya sé”, me dice. Yo la miró como me mira y me pongo a llorar más fuerte. “Ya sé, ya sé”, repite mamá.
Pero lo que ella no sabe es que en ese preciso instante -mientras el doctor me pedía que “ya que estamos” me sacara también “los lompas”-, en el más escondido rincón de mi mente se empezó a formar una idea que termino siendo algo así como el eslogan de todas mis enfermedades:

Ojalá fuese algo grave

Suena absurdo, pero les aseguro que para un pibe de doce años que dos por tres amanece cubierto de escamas tiene su lógica.

sábado 25 de julio de 2009

Historia clínica 2. No temas, muñeca.


Es principios de los noventa. El día anterior había ido a dormir a lo de Martín Gattone, un amigo de la primaria. Martín vivía en un PH oscuro sobre la avenida Niceto Vega, pasando el mercado de las pulgas. Como la única plaza más o menos buena nos quedaba lejos casi no salíamos de la casa, pero no nos quejábamos. Supongo que era una de esas restricciones que estimulan la imaginación, porque la verdad que ahí adentro la pasábamos joya. Ese día, probablemente, Griselda nos recibió con unos fideos con manteca que nosotros, seguramente, habremos apurado para ir a lo nuestro. Lo nuestro era metegolentra en el pasillo, dibujos animados de cuatro a cinco, merienda y jugar a los ninjas. Esto último, lo de los ninjas, no debe ser tomado al pie de la letra. En realidad es el nombre genérico que le quedó al momento cumbre de nuestra rutina. Cuando el sol declinaba y la casa se tornaba cada vez menos una casa y cada vez más el cuartel de los malos, Martín y yo tomábamos nuestras armas –Martín un rifle, yo una ametralladora automática muy flashera- y emprendíamos la búsqueda con el sabor del café con leche todavía en la boca. Buscábamos a nuestras novias secuestradas. Casi siempre les poníamos nombres yanquis, como Jennifer, o Tiffany. Los enemigos aparecían de repente, pero se rendían ante el poder de nuestras patadas voladoras. Si alguien hubiese estado mirando en ese momento se habría encontrado con dos púberes tirándole piñas y patadas a la nada, como si estuvieran bajo los efectos de un mal viaje de ácido. Una vez que nos librábamos de los centinelas, subíamos al auto –el sofá de martín con el agregado de mi ametralladora entre los dos almohadones haciendo las veces de palanca de cambios- y rumbeábamos para el aguantadero: el cuarto de Marcela, la hermanita de Martín. Ahí nos esperaban nuestras chicas. Rubias, hermosas, sensuales, diminutas. Es que, a falta de novias de carne y hueso, teníamos que conformarnos con las barbies de Marcela. Entonces era entrar al cuarto, agarrar las barbies y salir disparados. Martín se tiraba con su chica en la cama de Marcela, yo me iba con la mía a su cama. En ese momento el cuartel de los malos se convertía, testosterona mediante, en un petit telo.

sábado 18 de julio de 2009

Historia Clínica 1. El bolo. Otitis.


“Se le va a hacer un bolo”.
Así de claro, asumiendo que por algún misterioso motivo yo había dejado de entender el castellano, Delia le profetizaba a mamá lo que me esperaba si no lograba cagar de una buena vez. Yo las miraba desde el inodoro, con los ojos rojos de llorar, asustadísimo.
Tenía seis años. Me acuerdo porque ese 1988 empecé primer grado y dejé de cagar, todo en un mismo día. Hace poco le escuché decir a mi hermana que mi etapa seca había sido consecuencia del divorcio de nuestros padres. No sé, es una salida digna, pero la cosa es que por más garra que le pusiera no podía. Llegaba un punto en que el miedo a que me explote el culo superaba ampliamente a la amenaza del bolo y todo el esfuerzo realizado para soltar lastre se echaba a perder con un involuntario movimiento muscular que volvía a meter lo poquito que había salido. Además, cuando sos chico cualquier problema de salud convierte tu vida en un infierno; siempre con la angustia de no saber por qué te pasa lo que te pasa, ni cuando se te va a pasar. Bueno, pónganse en mi lugar. Imagínense de niños, pensando que cada sentada va a ser como parir un gorila por el traste: es el fin del mundo. Llegué a pensar en una vida sin alimentos sólidos. En serio.
Pero, afortunadamente, por más estrecho que se nos presente el porvenir, tarde o temprano todo pasa. Así fue que un día que ya no recuerdo pude hacer sin problemas y de ahí en más el acto de cagar se convirtió en uno de mis momentos de máximo placer, como siempre debió haber sido.
No obstante, ese no iba a ser el último de mis padecimientos, ni siquiera el más extraño. Aunque nunca pisé un quirófano, mi historia clínica es bastante frondosa e incluye algunos momentos memorables. Pasen y vean.

Entre mis siete y mis diez años, “verano” y “otitis aguda” fueron sinónimos. La primera vez me la agarré en la pileta del club, presumiblemente a causa de un fallido salto ornamental estilo “bomba”. Si mal no recuerdo, perdí la vertical a mitad de la ejecución y entré al agua de costado, con desastrosas consecuencias para mi salud auditiva. Los oídos me zumbaron como la puta madre el resto de la temporada de pileta, que, de más está decir, para mí se había terminado anticipadamente. Por momentos me quedaba completamente sordo, cosa que a los adultos les resultaba harto simpática, pero a mí me hacía pensar en colegios especiales y una vida muda, como las pelis de Carlitos Chaplín. La almohada amanecía humedecida por las gotitas de agua que iban vertiendo mis oídos a medida que la infección perdía terreno contra el antibiótico. Lloraba mucho, a la noche sobre todo, cuando me iba a dormir.
No le deseo ni al enemigo lo de la otitis; en serio, es de esos dolores que no te dejan estar, cada medio minuto tus oídos empiezan a irradiar unas punzadas asesinas que te cruzan el cráneo para todos los wines. Para que se hagan una idea: tiene algún parentesco con el dolor de muelas (dolor del cual entiendo bastante, como comprobarán más adelante), sólo que la muela de última vas al dentista y te la haces sacar. Los oídos cotizan distinto. Nadie se extrae el oído.

domingo 28 de junio de 2009

Ciento tres


Mi cama, no es esta. Estoy acostada, pero,
esta no es mi cama.
Me habré levantado, en mitad de la noche, habré caminado, dormida,
hacia otro cuarto, me habré acostado, en otra cama.

No tienen el olor, estas sábanas, que tienen
mis sábanas. Las sábanas de mi cama, huelen distinto.
Habré descorrido, inconcientemente, la frazada, habré metido una pierna y, luego, la otra, habré percibido el roce de estas sábanas, pensando que eran mis sábanas.

Mi almohada, tampoco es esta. Se siente suave, pero,
esta no es mi almohada.
Habré aplastado mis rulos contra mi nuca, habré hundido, agotada, mi cabeza, habré sentido a las plumas ceder bajo su peso, fundiéndome, luego, en este sueño.

Alguien toma mi mano y habla. No oigo lo que dice, sólo
dejo que su mano tome mi mano.

Habrá venido a decirme que esta no es mi cama, habrá tomado mi mano para guiarme hasta mi cama, mis sábanas, mi almohada, pero,
yo sólo quiero que me dejen dormir. En este lugar tiene que haber otras camas. Yo sólo quiero seguir durmiendo.

martes 16 de junio de 2009

Junio 2004

Al principio papá sigue siendo papá y mamá sigue siendo mamá.
Papá sigue siendo papá porque es el que me sugiere que internemos a mamá.
Y mamá sigue siendo mamá porque cuando le transmito lo que dijo papá ella dice que sí, que bueno, y me pide que llame a la ambulancia.

Después hay varios fotogramas vacíos.

Es de noche. Papá está parado al lado de la cama, acariciándole la mano a mamá. Yo los miro desde la otra cama, la de huéspedes.
Mamá respira fuerte, como si hubiese escalado el Aconcagua de un tirón, y hace unas pausas larguísimas antes de largar el aire. Papá le sigue acariciando la mano y cada tanto le dice “sí, mi amor”. Yo estoy callado, contemplando la escena.
Caigo en la cuenta de que alguna vez mi papá y mi mamá estuvieron enamorados, se pusieron de novios y se fueron a vivir juntos. Que recién unos siete años después apareció Lucía y a sus dos años vine a hacerle compañía yo. Y que, mal que mal, se aguantaron el uno al otro unos quince años.
Se me ocurre que quizás, en este preciso momento, papá es Martín, un pibe que mira dormir a una mujer a la que ama terriblemente, y Noemí, que todavía no es mamá, está sumida en un sueño profundo, confiada en que Martín se va a quedar ahí toda la noche.

Salgo de la habitación 103 sin decir nada. Tengo una sensación rara, como si por error hubiese entrado a la casa del vecino. Me siento en una de las sillas que hay en el pasillo y pienso que hay situaciones que a uno lo reubican en la vida. Situaciones grandes, como ver a tu mamá muriéndose en una cama. Situaciones mínimas, como una mano acariciando otra mano.

Al principio mamá seguía siendo mamá y papá seguía siendo papá.
Al final mamá se va a morir y papá va a volver a la casa que comparte con su segunda esposa, de la que más adelante también se va a divorciar.
Yo voy a andar un poco de acá para allá hasta que el tiempo acomode las cosas y un día cualquiera me voy a acordar de Martín y Noemí. En mi recuerdo van a estar ellos dos solos, tomados de la mano, en penumbras. Va a ser una noche de junio. Va a hacer mucho frío. Martín no se va a dormir y Noemí no se va a despertar. En ese mismo instante, el planeta Venus se va a estar cruzando con el Sol, un fenómeno que no ocurría hace más de un siglo y que va a tardar otro tanto en repetirse. A la mayoría de la gente la noticia le va a pasar inadvertida.

miércoles 10 de junio de 2009

Trenes a Retiro


Subo. Me siento.
Atrás mío sube él, pero no se sienta. Ojos claros tiene, blancos, como bolitas lecheras. Ojos que suben y bajan, como la gente del tren. Es claramente pobre y aparentemente loco. Toca la armónica.
Su mano, desabrigada, vuelta hacia arriba la palma, me mira. Recién interpretó una pieza breve, ansiosa de monedas. Le doy.
Sentado al lado mío hay un pibe, como yo pero rubio. Hurga en su bolsillo.
La misma mano, algo más extendida, temblorosa, vuelta hacia arriba la palma, lo apura. Yo me limito a mirar porque ya di.
“¿Mo-ne-das?”. “¿Mo-ne-di-tas?”. El pibe se pone nervioso. Yo también. Prueba con el otro bolsillo, el izquierdo. “Nayuda, nayudita”. Todavía me quedan algunas monedas y me dispongo a hacer una segunda donación con tal de que la escena avance. “Nayudiiiita”, repite el hombre con voz lastimera. Levanto la cabeza y veo al pibe que se incorpora y empieza a tantearse los bolsillos del jean. La situación se hace insostenible. Ahora los ojos blancos me buscan a mí. En un claro gesto de altruismo entrego la respetable suma de $0,75 (setenta y cinco centavos). El hombre se cansa de esperar a mi compañero de asiento y se aleja haciendo ruido con las monedas. Este hecho, lejos de tranquilizar al pibe, aumenta su nerviosismo. Completamente erguido, se desprende de su saco y lo abre de par en par, buscando algún bolsillo interno que se le pueda haber pasado de largo en la requisa. El loco de la armónica ya está haciendo su número en el vagón de adelante. Yo me quedo mirando al pibe que ahora da vuelta la mochila y saca un cuaderno de tapa dura con una panorámica de Playa del Carmen mientras rumia algunas puteadas. Estoy azorado. Me pregunto si no debería haberle dado un poco más al hombre, un dos pesos quizás.
El vagón se va llenando a medida que pasan las estaciones. El loco de la armónica se baja en Colegiales y arrastra los pies por el andén en sentido contrario al tren. El pibe ni se mosquea, meta sacar papeles y otros enseres de escritorio de la mochila. Su asiento parece un catálogo de artículos de librería. Le estoy por decir que ya fue, pero me da cosa.
Dejamos atrás Tres de febrero. El guarda se acerca haciendo su consabido zig-zag por el pasillo. Cuando llega a nuestro asiento lo mira al pibe que está haciendo fuerza para meter el cuaderno de vuelta en la mochila -y que ya putea abiertamente- y después me mira a mí, pero, prudente, opta por hacerse el distraído y sigue de largo. Yo me quedo callado, con la mano levantada y mi boleto intacto. Guardo el boleto y disimuladamente lo miró al pibe. Está sentado, con la mochila sobre las piernas y una cara de culo importante. Pasamos la autopista. Escucho un cierre abriéndose. “Este pibe está loco”, pienso. Ya estamos entrando a Retiro cuando el susodicho lanza una puteada larga y bien modulada. Me levanto convencido de haber viajado junto a la reencarnación de la Madre Teresa, pero la emoción me dura lo que un suspiro. Como el que da el pibe mientras saca la mano de uno de esos bolsillitos ocultos que tienen las mochilas de ahora y le sonríe a su I-pod.

lunes 8 de junio de 2009

Junio 2009


Recién acompañé a Ani a la estación. Esperamos el tren sentados en uno de esos bancos de madera que tienen varios listones horizontales y que si se los mira de costado parecen una lengua enorme. La pierna de Ani se escondió entre mis piernas y yo puse mis manos entre las suyas. Hacía un frío de morgue.

Como la espera iba para largo –el tren anterior se había ido delante de nuestras lloronas narices- nos pusimos a conversar.
No recuerdo exactamente cómo llegamos a hablar de mamá. Si no me equivoco empezó Ani y yo –esto sí lo recuerdo bien- le dije que hoy había estado pensando en ella justamente, en mamá. Ani me preguntó qué había estado pensando. Creo que a ella le gusta hablar de este tema porque su papá murió relativamente joven, como mamá.
El papá de Ani fundió biela después de una agonía larga. Perdió la pelea, como quien dice, por puntos. Ella era chica y se dio cuenta de que él estaba enfermo bastante después de que le diagnosticaran el cáncer. Cuando su papá murió, Ani tenía quince. La edad justa para que una cosa así te caiga como un mazazo en la cabeza.
Yo la tuve más suave: mamá aguantó quince días. Nocaut. El fin de semana previo a que la internaran me había hecho un paso de ballet en el living para que yo me decidiese a salir con mis amigos. Aparentemente el dolor de espalda le había aflojado, pero, por como se dio todo, calculo que el cáncer estaba tomando envión. Yo sumaba veintiún abriles, suficientes, según la ley, para hacerme cargo de mi alimentación, entre otras cosas.

Giré la cabeza y abrí bien los ojos a ver si el viento helado me secaba los lacrimales. No hubo caso. Me di vuelta y miré a Ani con los ojos como dos vidrieras.
-La extraño- le respondí, sin que hiciera falta aclarar que más que pensando había estado añorándola.

Ani subió al tren. Yo la escolté hasta la puerta y la saludé con un beso en la boca. Después di media vuelta y baje del andén por una escalera lateral.
Cuando nos despedimos ya ninguno de los dos lagrimeaba, pero a mi la charla me había dejado de un humor otoñal.
Me volví a casa revoleando el llavero. Mientras cruzaba el parque noté que estaba completamente solo, ningún ser vivo -sin contar a las plantas- a la vista, nadie, ni siquiera un perro. Había un silencio atronador. Por las dudas miré hacia atrás. Nada. Nadie. Más adelante, como a unos veinte metros, vi un tilo con unas pocas hojas ya muy secas.

Hace cinco años que se murió mamá y llevo la misma cantidad de tiempo refiriéndome a ella en tercera persona. Sentí como una necesidad física de llamarla de un grito y se me ocurrió que la referencia del árbol me iba a ayudar a proyectar la voz, pero me salió un murmullo aspirado. Todavía me quedaban unos diez metros para pasar el tilo, así que me embarqué en un segundo intento. Moví la lengua con la boca cerrada a ver si la hacía entrar en calor, fabriqué una considerable cantidad de saliva que luego tragué, me humedecí los labios, miré directo hacia el tilo y grité. No salió nada.
Una racha de viento frío polar antártico me obligó a admitir mi fracaso. Dejé atrás tilo y parque y seguí arrastrando los pies hasta casa.

Ahora estoy echado en el sofá. Me pongo a escribir esto que estoy escribiendo, la imagino a Ani bajando del tren, contando las monedas para el colectivo, me levanto, pongo agua para el mate, escuchó los mensajes del contestador, escribo un poco más, cierro la persiana, apago la luz, me saco las zapatillas, le pego una releída a lo escrito.
Ahora sí. Ahora me escucho llamándote. Ahora siento que me sale más fácil, ma.

miércoles 6 de mayo de 2009

Zoo

Para ver de cerca un león
hay que ir al zoológico
pagar una entrada razonable
consultar el mapa
caminar hacia el lugar indicado
esquivar el contingente de parvularios
no distraerse con el elefante
volver a consultar el mapa
caminar hacia el lugar indicado
esquivar el contingente de jubilados
no distraerse con la jirafa
volver a consultar el mapa
caminar hacia el lugar indicado
esquivar el contingente de veterinarios
no distraerse con el tigre
pagar una entrada razonable
volver a entrar al zoológico
consultar el mapa
caminar hacia el lugar indicado
esquivar el contingente de parvularios
no distraerse con el león
volver a consultar el mapa
caminar hacia el lugar indicado



Desierto

un fuego que a veces como un volcán

irrumpe, incendia, estalla

y otras se devora a sí mismo

y se osifica

y se duerme

 

un desierto con una piedra

 

a decir de las mesetas

hay un solo presente y una sola eternidad

en un no territorio

con una no bandera

nos evaporamos gota a gota

entregando una no vida con un gemido

Junio 2002

el desavillé rosa

la ilusión mundial

la lona de la madrugada

negra 
 

las pantuflas de satén

la pantalla, los cátodos

el brillo especular

la noche 
 

la vigilia inútil

el control remoto

un racimo de uvas

el cenicero

el sofácama 
 

mamá duerme en su pieza

sueños comprimidos

cincuenta miligramos 
 

el desavillé rosa

de seda

las pantuflas de satén

transfigurado

en la ventana del living

soy gracias a ella

soy ella 

dos madres dormidas

pariéndose en la oscuridad

Ultimo momento (Raiiiiiiiiid)

Estimados clientes: habrán notado (¿a quién le hablo?¿hay alguién ahí?, bueh, vamos a hacer como si sí), decía, habrán notado que ya hace tiempo que está narración no avanza -más o menos desde la primera entrada dirá algún eunuco bufón-, pero, más allá de mis carencias escriturísticas, hay otros motivos:
Motivo uno: soy bastante pajero.
Motivo dos: quisiera que está aventura loca se ponga más loca (loca loca) todavía, digamos delbonete, y devenga novela. Razón por la cual me veo obligado a mostrar menos y (re)escribir más.
Motivo tres: me importa el quédirán.
Motivo cuatro: estuve recibiendo una serie de amenazas telefónicas en las que una voz de ultratumba me advertía que, de no pagar la(s) factura(s) correspondiente(s), mi suministro de internet sería amputado a la brevedad. Como en casa no nos comemos ninguna (quizá una factura de vez en cuando), lo mandé a freír churros, a lo que la voz masculina contestó -una vez más-: estimado cliente, lo llamamos de telecentro, etc.,etc.

Bueno, tengo que seguir trabajando (mi trabajo consiste en hacerles creer a mis jefes que, en efecto, trabajo). En estos días subo algún sueltito pa' despuntar el vicio, poesía más que nada.

Abrazo de gol
PM

martes 24 de febrero de 2009

7- Jessica

Por atrás entran los del camión. Cada quince días alguien golpea la puerta y, dada mi condición de obrero y madrugador, yo suelo ser el que abre. Ni bien veo el piquete gastronómico me doy vuelta y buscó a alguien para pasarle el fardo. Odio ordenar cosas. No me sale bien. Llenar una alacena de cajas y vajilla de telgopor es como jugar al Tétris, tenés que anticipar siempre el siguiente paso o corrés el riesgo de quedarte con un tubo de vasos de café en la mano y game over. Yo soy de madera al Tétris.
Hoy no tocó camión, pasaron ayer pero yo estaba de franco. Joya.


Apagué el pucho en el piso de goma del pasillo. Ninfa estaba terminando de pintar las medialunas con huevo. Una vez cocinadas (previo descongelado, son medialunas prehechas) se les da una mano de almíbar para que brillen (las medialunas van adelante de todo, sobre la heladera de las tortas, bien adelante. Tienen que brillar). Yo me encargo de esa parte. Saludé y salí con las medialunas enhuevadas que me entregó Ninfa. En quince minutos abría el shopping.
Puse las medialunas en el horno. Amada me pasó el bol con la crema para los creppes. “Veinte”, me dijo. Me gusta hacer las tapas. Es un trabajo de muñeca, pausado, circular; parecido al que el señor Miyagui le receta a Daniel San en Karate kid para que no lo caguen tanto a trompadas. Lustrar y pulir. A veces, cuando me mandan a hacer tapas en hora pico –nueve de la noche día de semana, todo el día si es feriado o fin de semana- , escucho a mis correligionarios yendo arriba y atrás y metiendo un ¡porfa! cada tres palabras y ahí nomás me cae la ficha: soy como un voluntario de la cruz roja en zona de guerra. No obstante, sus alaridos mezclados con el runrún del shopping forman un mantra demencial que me ayuda a concentrarme en mi quehacer. Inmunidad total.
Cuando terminé la quinta tapa, la voz de dulce de leche de Jessica se coló por el pasador. Me asomé para ver si se había puesto las calzas grises. Yes. Jessica es una fija para mis momentos de autocomplacencia. Tiene un culo que no puede ser y lo exhibe orgullosamente. La fantasía es casi siempre la misma: el shopping ya cerró, pero hete aquí que Jessica y yo nos tenemos que quedar en el local porque vienen a hacer la limpieza de campana (normalmente el que se queda es el encargado, pero mis elucubraciones masturbatorias no se detienen en esas minucias). Después hay un salto espacio-temporal (minucias) y aparecemos los dos en el entrepiso vestidos con nuestros respectivos uniformes. Le pregunto a Jessica si se puede dar vuelta así me cambio la ropa. La hago decir que sí. Empiezo por la remera, Jessica está mirando la pared. Afuera zapatos. Jessica me pregunta si ya está. Me bajo los pantalones. “No, pará”, le digo. “Dale”, dice ella. Me miro. Estoy al palo. “Ya está”. Jessica se da vuelta y pone cara de sorprendida, pero al toque dice algo tipo: “claro que está”. Otro salto espacio-temporal y Jessica y yo le estamos agregando amor al mundo mientras los muchachos de mantenimiento desengrasan la campana.
La sexta tapa me salió para el orto (no el de Jessica, ese fue Dios). Al tacho. Estaba metiendo el cucharón en el taper cuando un aullido espantoso hizo retumbar las paredes de la cocina. Un grito terrorífico, animalesco, trágico. Un terremoto de vocales despellejadas que sólo una mujer puede sacar de adentro cuando algo anda muy muy mal.

martes 17 de febrero de 2009

De algo hay que vivir...ya se viene la proxima entrega de momento


sábado 7 de febrero de 2009

6- Cristian, higiene y limpieza

Los bandejeros empiezan a bajar las sillas de las mesas ocho y media. Hasta ese momento nada. Silencio total. Si soy el primero en llegar, abro la heladera y agarro un bocadito. Igual, nadie lleva la cuenta. Mi preferido es el de coco, pero hoy no había. Me tuve que conformar con una tarteleta de chocolate y dulce de leche. Café no tomo. Coca, o jugo de naranja. De ahí al baño derecho. A la mañana tengo el estomago de un recién nacido, lo que como lo cago.
Amada estaba preparando ensalada de fruta. Subí al entrepiso porque me había olvidado los puchos en el jean.
Entré al baño con el cigarrillo ya encendido. Me gusta fumar mientras cago. Mientras me hago la paja también. El pibe que limpia el baño se llama Cristian. Es macanudo, pero tiene un vicio mucho peor que el tabaco: te habla mientras cagas. El tipo habla y habla y no hay un día en que no tenga un tema de conversación que dure desde el momento en que levantás la tapa hasta que tirás la cadena. Yo le respondo como puedo, mucho “ajá” y “mira vos”. Esta vez Cristian estaba medio apagado porque tiene a su nena con un salpullido fulero y el antibiótico que le recetaron sale fortuna. Además, se acaba de separar, pero cuando habla de eso no se lo nota muy angustiado. Por lo poco que llegué a captar –no sé que tipo de relación fisiológica hay entre el esfínter y los oídos, pero cuando hago fuerza con el primero se tapan los segundos- parece que la mina se fue con otro tipo y le dejó los nenes, ni idea cuantos, a Cristian, que se fue a vivir a lo de su madre.
Salí del cubículo y encendí otro cigarrillo. Cristian estaba repasando el piso. Me senté en la sillita de madera. Le dije que me iba a fijar si tenía algo parecido a lo que necesitaba en casa, en la lata de los remedios de mamá. Si no le podía preguntar a Popi. Popi es un amigo medio periférico que tengo. Trabajaba con Julián en la juguetería de Caseros y Catamarca, ahora está de empleado en una farmacia. Anda siempre con la nariz irritada por culpa de una sinusitis crónica y tiene una expresión de susto muy cómica. Buen pibe, Popi. De vez en cuando me consigue algunas muestras para mamá. Sedantes, más que nada.
Cristian me contó qué además del remedio tenía que comprar una crema. “Es una crema refrescante, para que la nena no se lastime. Huevo y medio sale”.
Los parlantes del shopping crujieron y arrancó el enganchado asesino con un mega aborto de Alejandro Lerner. Por más que quieras resistirte al enganchado, tarde o temprano se te termina metiendo en la corteza cerebral. Abren con Lerner, después Cachita de Montaner, para levantar, un tema horrible de los Cadillacs, y así hasta que vuelven al comienzo. Insoportable. Cada dos o tres meses cambian algunos temas, pero nunca para mejor. Me calcé la visera y salí del baño.
Atrás de la línea de locales hay un pasillo que es el que usamos los empleados para entrar y salir, o fumar un cigarrillo y conversar un rato. Podría diseccionarse a cada local en tres partes: la parte de adelante (heladeras llenas de repostería, focaccias saborizadas de jamón y queso, carteles luminosos, jóvenes enajenados corriendo de acá para allá, etc.), que por razones obvias está siempre esplendida; la parte media, donde se conecta la parte delantera con la trasera; y la parte trasera o cocina, o sala de máquinas. Para los que no tienen la suerte de haber trabajado en un local de comidas rápidas (o fafú, como le dice mamá) va la siguiente revelación: lo que no se ve es mucho peor que lo que se ve. En la zona media, generalmente, hay dos o tres microondas que se usan para calentar los pedidos atrasados y algunas variedades de pasta. En algunos casos también hay hornos –como en Di Caprio- y hasta parrillas. Digamos que en la zona media el nivel de urgencia sanitaria es acorde a su posición: medio. Los microondas tienen las paredes internas llenas de costra amarilla, que es lo que le impregna ese sabor tan característico a la comida. El piso aguanta las primeras dos horas. Después de ese plazo vira a piso de boliche. La cafetera amanece reluciente y termina llena de manchas marrones y negras, como si hubiese corrido un rally. El aseo de los empleados que transitan esta zona da para un análisis más profundo. El mío, por lo pronto, deja mucho que desear.
Pero la parte de atrás es la peor. En la parte de atrás vale todo.

miércoles 28 de enero de 2009

5- Trabajo, Amada

En el lugar donde trabajo no es necesario hacerse visera con la mano para ver. Un sinfín de lamparitas dicroicas surcan los techos del Spinetto Shopping dando una confortable sensación tres de la tarde todo el día. Paradójicamente, lo primero que hago cuando llego al patio de comidas es calzarme la visera –una visera de verdad, roja, con broche y elástico y las palabras DI Caprio, Caffé Italiano bordadas en la parte de la frente.
Para entrar al local hay que tener la visera puesta. Yo sólo me la apoyo en el mate en resuelta actitud de rebeldía. Después subo a un entrepiso donde se completa la transformación con un pantalón pinzado negro y una remera roja con los colores de la bandera italiana en las mangas y un estampado blanco que grita Benvenuto!! en el pecho. Es una especie de Atrévase a soñar a la inversa. Entrás mal pero sabés que al final del recorrido vas a estar mucho peor. Yo ya me acostumbré al uniforme. Al principio, cuando alguno de los chicos se pasaba a saludar, me daba una vergüenza terrible. De todas formas, ellos se guardan sus comentarios piadosamente. Supongo que lo de la visera los supera.


Visera en mate entonces, bajaba a la cocina cuando escuché un grito que me hizo rebobinar inmediatamente hasta el primer escalón. En realidad, entre una cosa y otra la vi a Amada, la cocinera. La vi a Amada poniéndose la chaqueta, con los brazos levantados y completamente en tetas. Me quedé cigarrillo 43. Amada dijo algo en guaraní y se rió. Por mi cabeza empezaron a desfilar las palabras “TETAS” y “AMADA” como los vagones de un tren de carga estruendoso. La experiencia de ver una mujer desnuda me resulta inquietante. Cuando se da la ocasión, intento atenuar el impacto haciéndome una imagen mental de lo que se viene. Si veo a una mujer vestida la puedo imaginar des-vestida. Pero ocurre que la imagino de la misma manera en que imagino a un determinado modelo de auto cuando escuchó la palabra “auto”. Y lo que lo hace peor es que por lo común tiendo a pensar en un cero kilómetro. Gracias a Dios, a medida que me acerco a la dama en cuestión la voy encontrando más interesante, hasta que el tacto reemplaza a la vista y mente y cuerpo sucumben al inefable instinto animal.
A los pechos de Amada, sin embargo, no les había dedicado un solo pensamiento. Bajé de la escalera, otra vez. “Perdón”, dije. Estaba boludo, como si una ola de tres metros me hubiese llevado puesto. Amada se rió. Levanté la visera que se me había caído. Después abrí la puerta del salón y salí mirándome la punta de los zapatos.


Amada es la cocinera del turno mañana. Debe andar por los treinta y pico, pero parece más. Se vino de Paraguay con su esposo hace años, no sé cuantos la verdad. Mínimo cuatro, que es lo que lleva cocinando en esta cueva. Su situación contractual es una especie de mito entre el resto de los empleados. Según me contó Rocío, la freidora vieja –ahora tenemos otra más nueva- recalentaba mal. Pasó que un día Amada fue a sacar una porción de fritas y cuando levantó el canasto, el contenedor regurgitó una parábola de alquitrán ardiente que fue a dar a su brazo derecho, desollándolo desde el codo hasta el comienzo del hombro. Parece que Amada se asesoró con una abogada competente y demandó a la patronal por una torta de guita. Cuando Amada se enoja es algo serio. Ojo con Amada cuando se enoja. Fueron a juicio y hasta el día de hoy las partes tienen una o dos audiencias semanales, de escaso éxito por lo visto. Ninfa, for anader part, tiene una versión diferente. Según ella el quilombo empieza cuando al marido de Amada le dicen que tiene un problema en el corazón y que si no se opera cuanto antes se le va a cortar la luz. En ese momento el tipo tenía trabajo pero estaba en negro, así que Amada se asesoró con otra abogada competente –podría ser la misma en realidad- y, acorde a derecho, acudió a la cupola dicapriense para que costearan la operación de su marido. Los tipos se negaron, demanda, juicio, etc.
Yo me inclino más por la primera versión porque ella habla de su marido en tiempo presente, aunque bien podría estar hablando de otro marido, el relevo del cardiópata.

martes 20 de enero de 2009

4- De casa al trabajo

En el camino al trabajo fui madurando el proyecto emancipatorio. Ahorrando la mitad de mi sueldo me quedaba resto para aportar en casa y salir una vez por semana con los chicos. En seis meses juntaba depósito y adelanto. El tema del espacio me daba igual. Veintiséis años durmiendo con tu hermano hacen que un iglú te parezca la isla de Caras. Lo que no estaba dispuesto a resignar era el dominio exclusivo sobre ese espacio. Nada de vivir con amigos. Me puse a enumerar mentalmente algunos de los gastos que tendría que suprimir/moderar en adelante. Para empezar, no más salidas los sábados. Un esfuerzo menor teniendo en cuenta las alternativas de la noche porteña. Por otro lado, como dice Julián, los viernes están más lejos del lunes y la gente –las mujeres- está de mejor talante. Las fechas de inscripción para la facultad me habían pasado por arriba así que no se me iba a licuar la guita en apuntes y boletos de colectivo durante los cuatro meses venideros. En cuanto a mi vestuario, hace rato que se había asimilado con el de Hernán, muy para mi beneficio, ya que mi hermano tiene una marcada debilidad por la ropa de marca. En caso de emergencia –salida con una mujer- siempre estaba Once.
Para cuando llegué a la cuadra del laburo el estrés post traumático del episodio “mi-madre-sedándose-con-ginebra-a-las-siete-de-la-mañana” se había transformado en el catalizador del demorado plan “salir-de-casa-como-sea”. El tero de la esquina estaba alimentando la cría. Haciéndome visera con la mano alcancé a ver como los retoños desplumados abrían sus fauces invocando su derecho filial a la papa. Abrí la boca a mi vez y emití un mudo grito primal.

viernes 16 de enero de 2009

3- Los candados, mamá

Al otro día lo trajeron a Hernán en una silla de ruedas y sin apéndice. Papá subió el auto marcha atrás sobre la vereda. Primero bajó mamá. Después papá lo ayudó a bajar a Hernán y mamá lo recibió con la silla desplegada y una almohada que sacó del bolso y colocó entre Hernán y el respaldo. Yo había pasado una noche esplendida mirando tele y desquitándome con el bizcochuelo de la tía. En una visita al baño había manoteado la revista del cable y recorriendo la grilla de programación me encontré con que en Space pasaban Seducción de dos lunas a la una y media. No me acuerdo qué le dije a la tía pero logré que se subiera en un taxi y me dejara el bizcochuelo. Después abusé un rato de mí mismo y planché en el sofá.
“¿Y vos qué hacés que no estás en colegio?”,dijo papá mientras depositaba a Hernán en su cama. Le dije que no me había sonado el despertador. “Andá y ayudá a tu madre”, dijo. Salí del cuarto deseando haber ido al colegio. Mamá estaba en el patio sancochando un calzoncillo de Hernán contra el fondo de la pileta. Le pregunté si necesitaba algo y me ladró que le acercara la cartera. “Tomá”, dijo alargándome cincuenta pesos, “andá a lo de Héctor y traéte seis candados de los chiquitos” A partir de ese día y hasta que papá y mamá dejaron de salir de casa tuvimos restringido el acceso a las alacenas y yo se lo enrostré a Hernán cada vez que pude.



Empezó a amanecer. La luz del patio viró de celeste a un blanco mortecino y la mesa de la cocina rezumaba ginebra. Miré a mamá y me acordé cuando éramos chicos y nos daba una cucharadita de propóleo antes de desayunar. “¿Cuántos años tenés?”, me preguntó. “Veintiséis”, le recordé frunciendo la nariz por el olor. “Qué linda edad”, dijo. “Toda la vida por delante”. Y ahí nomás se largó a llorar. En ese momento apareció Hernán en el marco de la puerta. Se hizo el boludo, dio media vuelta y salió al patio rascándose el culo. “Perdonáme, hijo. No sé qué le pasa a mamá”. “Tenés que salir, mamá”, le dije mientras me cebaba el primer mate. “¿A dónde?”, dijo ella. “No sé, ma, a donde sea. A una quinta”. “¿Qué quinta? A mí lo que me hace falta es volver a trabajar”. “Y bueno”, dije tratando de ponerle pilas, “¿por qué no se ponen un quiosco con papá?” Mamá se secó la nariz con la manga del camisón y me dijo que un quiosco era mucho trabajo y que para ganar miseria prefería trabajar por horas en una casa. Me puse a rayar la mesa con la llavecita del candado a ver si haciéndola enojar la sacaba de la onda tanguera. “Dejá eso ahí”, me gruñó. Un segundo después se le cayeron las cejas y la pera se le lleno de gusanos. “Extraño a mi papá”, vómito hecha un mar de lágrimas. “LO EXTRAÑO TANTO” Le agarré la mano un rato. En el baño Hernán cantaba un tema de una esas bandas de mierda que le gustan a él. Salió el sol sobre la medianera. Levanté a mamá de la silla y la acompañe hasta la puerta de su cuarto. “Trata de dormir un poco, vieja”, le dije. “Cuando vuelvo vemos si se nos ocurre algo”. Me dio un beso en la frente y avanzó dando pasitos hasta su lado de la cama.

jueves 15 de enero de 2009

2- El cumple

Creo que fue cuando cumplí catorce. Mamá había comprado una especie de surtido salado tamaño bolsa de consorcio. Chizitos, palitos, maní. Todo made in argentina. Ese día tenía gimnasia, así que llegue a casa alrededor de las cinco. Papá me estaba esperando en la esquina cruzado de brazos. Levantó la mano. Le contesté abriendo los brazos exageradamente para disimular el vuelo del cigarro. En ese momento dobló una ambulancia y paró en la puerta de casa. “Tu hermano”, dijo papá, “apendicitis”. De la ambulancia bajaron dos tipos con una camilla. Mamá les abrió la puerta de rejas y atrás de los tipos entramos papá y yo. Tiré la mochila en el patio y me fui hasta el cuarto. Mamá ya estaba en el living hablando por teléfono con tía Lita. Los tipos de la ambulancia pusieron la camilla a la altura de la cama y le preguntaron a Hernán si podía moverse sólo. Les respondió que sí. “!La bolsa entera!”, escuché gritar a mamá desde el living. Fui hasta la cocina y encontré la bolsa vacía excepto por tres o cuatro chizitos y un paquete de maní bañado en aceite que, por lo demás, estaba intacto en el fondo. Volví al cuarto. Hernán ya estaba encamillado y se agarraba la panza con las dos manos. “¿Te comiste la bolsa entera, enfermo?” Me corrí para dejar pasar la camilla. Hernán abrió los ojos como si le hubiese pegado un tiro y me mandó a la concha de mi madre. Después se agarró la panza como si le fuera a salir un bebé de alien y los tipos le pidieron que se quedara quieto. “!De la tuya!”, le grite desde el patio mientras lo subían a la ambulancia. Mamá salió del living pateando un bolso enorme “¿Dónde está tu padre?”, vociferó. La ambulancia arrancó y un segundo después apareció la trompa del Dodge seguida por un bocinazo. “Quedáte acá que ahora viene tía Lita. Yo después te llamo”. Siguió pateando el bolso en dirección a la puerta. Papá le preguntó para qué tanto bulto pero el bramido del Dodge se engulló la respuesta.
Cuando llegó la tía yo estaba tirado en el sofá viendo un capítulo repetido de los Simpsons. La tía tiene llaves de casa, así que zafé del viaje hasta la puerta. Me preguntó a qué hora empezaba a llegar la gente. Le dije que no se preocupara porque sólo íbamos a ser nosotros dos. “Pero y yo para qué vine entonces”, me dijo ella. Le di a entender qué lo de Hernán me tenía preocupado y se tranquilizó. La verdad es que antes de que ella llegará había llamado a mis amigos – a mis tres amigos, para ser preciso- y les había dicho que me iba a comer afuera con la familia. Dos horas después el cadáver de la tía estaba roncando en el sillón Acapulco (así le dice mamá a la reposera) y yo despedía mi cumpleaños haciéndome una paja en el sofá. Papá y mamá no llamaron.

miércoles 14 de enero de 2009

1- Hernán, papá, mamá, Miriam

En casa me levanto primero, siempre. A Hernán lo irrita. Cuando me ve sentado en el patio con el mate va y se prepara otro para él solo. A veces le ofrezco del mío, pero se hace el sordo. Después me grita desde el baño que no hay una toalla seca y ahí yo me hago el sordo. Honestamente, es un estado de cosas insoportable, pero nos supera. Mamá y papá no se meten. Generalmente me los encuentro a la hora del almuerzo que vengo a casa porque me queda cerca del laburo. A esa hora Hernán no está. Papá tiene el sueño más pesado, así que la mayoría de las veces cuando llego mamá está tirándole de los brazos para que se despegue de la almohada. Mamá toma pastillas pero le hacen efecto a la tarde siguiente recién. Ya cuando me estoy yendo de nuevo a trabajar se pone a merodear el sofá moviendo los portarretratos de una mesa a otra hasta que se le juntan demasiados en una misma mesa y desiste y vuelca en el sofá. Miriam es una señora con cara aindiada que viene a la tarde a casa. Antes venía otra, Nilsa, pero mamá la echó, según dice, porque era amiga de lo ajeno. Todavía no sé muy bien que es lo que hace Miriam todas las tardes en casa. Mamá dice que la ayuda, pero cuando Miriam llega, ella ya está colocadísima en el sofá y como a papá hace rato que no le importa nada, cálculo que Miriam se pasará unas tres o cuatro horas mirando la tele veintiún pulgadas que compramos a medias con Hernán en una de esas ofertas pre-mundial de fútbol y en la media hora restante hace las camas y levanta los portarretratos que mamá deja amontonados sobre la mesa del teléfono.

Hoy me levanté a las seis y media. Hernán abrió un ojo–el otro estaba sellado por un cúmulo de lagañas- se dio vuelta y siguió durmiendo. Prendí la hornalla y me corté las uñas sentado en la silla floreada. En mitad de la faena tuve que salir corriendo para el cuarto porque me había olvidado de apagar la alarma recurrente del despertador. Hernán me dijo que lo apague la concha de mi madre y yo medio le pedí disculpas medio lo mande a la mierda al mismo tiempo. Volví a la cocina y me la encontré a mamá envuelta en la luz azul de la hornalla. Me miró como si le costara ubicarme. Después se dio vuelta y empezó a abrir una por una las puertas de la alacena. Le pregunté qué buscaba y contestó no sé qué verdura sobre Miriam y la lata de los remedios. Le pregunté si se había fijado abajo, entre las cacerolas. “Hacéme el favor, alcanzáme la llave del candado”, me dijo. “No tiene candado”, le dije yo “¿Y esto qué es?” dijo ella golpeando el candado contra la puerta de la alacena. “¿No los habíamos sacado todos?”, insistí “¿quién lo puso?” “Yo”, dijo mamá. Le pregunte si Miriam también era chorra. Me dijo que no, pero que seguro chupaba. Saqué la llavecita plateada del cajón de la máquina de coser y se la alcancé. Acto seguido, mamá abrió el candado y sacó la botella de ginebra.