Por atrás entran los del camión. Cada quince días alguien golpea la puerta y, dada mi condición de obrero y madrugador, yo suelo ser el que abre. Ni bien veo el piquete gastronómico me doy vuelta y buscó a alguien para pasarle el fardo. Odio ordenar cosas. No me sale bien. Llenar una alacena de cajas y vajilla de telgopor es como jugar al Tétris, tenés que anticipar siempre el siguiente paso o corrés el riesgo de quedarte con un tubo de vasos de café en la mano y game over. Yo soy de madera al Tétris.
Hoy no tocó camión, pasaron ayer pero yo estaba de franco. Joya.
Apagué el pucho en el piso de goma del pasillo. Ninfa estaba terminando de pintar las medialunas con huevo. Una vez cocinadas (previo descongelado, son medialunas prehechas) se les da una mano de almíbar para que brillen (las medialunas van adelante de todo, sobre la heladera de las tortas, bien adelante. Tienen que brillar). Yo me encargo de esa parte. Saludé y salí con las medialunas enhuevadas que me entregó Ninfa. En quince minutos abría el shopping.
Puse las medialunas en el horno. Amada me pasó el bol con la crema para los creppes. “Veinte”, me dijo. Me gusta hacer las tapas. Es un trabajo de muñeca, pausado, circular; parecido al que el señor Miyagui le receta a Daniel San en Karate kid para que no lo caguen tanto a trompadas. Lustrar y pulir. A veces, cuando me mandan a hacer tapas en hora pico –nueve de la noche día de semana, todo el día si es feriado o fin de semana- , escucho a mis correligionarios yendo arriba y atrás y metiendo un ¡porfa! cada tres palabras y ahí nomás me cae la ficha: soy como un voluntario de la cruz roja en zona de guerra. No obstante, sus alaridos mezclados con el runrún del shopping forman un mantra demencial que me ayuda a concentrarme en mi quehacer. Inmunidad total.
Cuando terminé la quinta tapa, la voz de dulce de leche de Jessica se coló por el pasador. Me asomé para ver si se había puesto las calzas grises. Yes. Jessica es una fija para mis momentos de autocomplacencia. Tiene un culo que no puede ser y lo exhibe orgullosamente. La fantasía es casi siempre la misma: el shopping ya cerró, pero hete aquí que Jessica y yo nos tenemos que quedar en el local porque vienen a hacer la limpieza de campana (normalmente el que se queda es el encargado, pero mis elucubraciones masturbatorias no se detienen en esas minucias). Después hay un salto espacio-temporal (minucias) y aparecemos los dos en el entrepiso vestidos con nuestros respectivos uniformes. Le pregunto a Jessica si se puede dar vuelta así me cambio la ropa. La hago decir que sí. Empiezo por la remera, Jessica está mirando la pared. Afuera zapatos. Jessica me pregunta si ya está. Me bajo los pantalones. “No, pará”, le digo. “Dale”, dice ella. Me miro. Estoy al palo. “Ya está”. Jessica se da vuelta y pone cara de sorprendida, pero al toque dice algo tipo: “claro que está”. Otro salto espacio-temporal y Jessica y yo le estamos agregando amor al mundo mientras los muchachos de mantenimiento desengrasan la campana.
La sexta tapa me salió para el orto (no el de Jessica, ese fue Dios). Al tacho. Estaba metiendo el cucharón en el taper cuando un aullido espantoso hizo retumbar las paredes de la cocina. Un grito terrorífico, animalesco, trágico. Un terremoto de vocales despellejadas que sólo una mujer puede sacar de adentro cuando algo anda muy muy mal.
martes, 24 de febrero de 2009
martes, 17 de febrero de 2009
sábado, 7 de febrero de 2009
6- Cristian, higiene y limpieza
Los bandejeros empiezan a bajar las sillas de las mesas ocho y media. Hasta ese momento nada. Silencio total. Si soy el primero en llegar, abro la heladera y agarro un bocadito. Igual, nadie lleva la cuenta. Mi preferido es el de coco, pero hoy no había. Me tuve que conformar con una tarteleta de chocolate y dulce de leche. Café no tomo. Coca, o jugo de naranja. De ahí al baño derecho. A la mañana tengo el estomago de un recién nacido, lo que como lo cago.
Amada estaba preparando ensalada de fruta. Subí al entrepiso porque me había olvidado los puchos en el jean.
Entré al baño con el cigarrillo ya encendido. Me gusta fumar mientras cago. Mientras me hago la paja también. El pibe que limpia el baño se llama Cristian. Es macanudo, pero tiene un vicio mucho peor que el tabaco: te habla mientras cagas. El tipo habla y habla y no hay un día en que no tenga un tema de conversación que dure desde el momento en que levantás la tapa hasta que tirás la cadena. Yo le respondo como puedo, mucho “ajá” y “mira vos”. Esta vez Cristian estaba medio apagado porque tiene a su nena con un salpullido fulero y el antibiótico que le recetaron sale fortuna. Además, se acaba de separar, pero cuando habla de eso no se lo nota muy angustiado. Por lo poco que llegué a captar –no sé que tipo de relación fisiológica hay entre el esfínter y los oídos, pero cuando hago fuerza con el primero se tapan los segundos- parece que la mina se fue con otro tipo y le dejó los nenes, ni idea cuantos, a Cristian, que se fue a vivir a lo de su madre.
Salí del cubículo y encendí otro cigarrillo. Cristian estaba repasando el piso. Me senté en la sillita de madera. Le dije que me iba a fijar si tenía algo parecido a lo que necesitaba en casa, en la lata de los remedios de mamá. Si no le podía preguntar a Popi. Popi es un amigo medio periférico que tengo. Trabajaba con Julián en la juguetería de Caseros y Catamarca, ahora está de empleado en una farmacia. Anda siempre con la nariz irritada por culpa de una sinusitis crónica y tiene una expresión de susto muy cómica. Buen pibe, Popi. De vez en cuando me consigue algunas muestras para mamá. Sedantes, más que nada.
Cristian me contó qué además del remedio tenía que comprar una crema. “Es una crema refrescante, para que la nena no se lastime. Huevo y medio sale”.
Los parlantes del shopping crujieron y arrancó el enganchado asesino con un mega aborto de Alejandro Lerner. Por más que quieras resistirte al enganchado, tarde o temprano se te termina metiendo en la corteza cerebral. Abren con Lerner, después Cachita de Montaner, para levantar, un tema horrible de los Cadillacs, y así hasta que vuelven al comienzo. Insoportable. Cada dos o tres meses cambian algunos temas, pero nunca para mejor. Me calcé la visera y salí del baño.
Atrás de la línea de locales hay un pasillo que es el que usamos los empleados para entrar y salir, o fumar un cigarrillo y conversar un rato. Podría diseccionarse a cada local en tres partes: la parte de adelante (heladeras llenas de repostería, focaccias saborizadas de jamón y queso, carteles luminosos, jóvenes enajenados corriendo de acá para allá, etc.), que por razones obvias está siempre esplendida; la parte media, donde se conecta la parte delantera con la trasera; y la parte trasera o cocina, o sala de máquinas. Para los que no tienen la suerte de haber trabajado en un local de comidas rápidas (o fafú, como le dice mamá) va la siguiente revelación: lo que no se ve es mucho peor que lo que se ve. En la zona media, generalmente, hay dos o tres microondas que se usan para calentar los pedidos atrasados y algunas variedades de pasta. En algunos casos también hay hornos –como en Di Caprio- y hasta parrillas. Digamos que en la zona media el nivel de urgencia sanitaria es acorde a su posición: medio. Los microondas tienen las paredes internas llenas de costra amarilla, que es lo que le impregna ese sabor tan característico a la comida. El piso aguanta las primeras dos horas. Después de ese plazo vira a piso de boliche. La cafetera amanece reluciente y termina llena de manchas marrones y negras, como si hubiese corrido un rally. El aseo de los empleados que transitan esta zona da para un análisis más profundo. El mío, por lo pronto, deja mucho que desear.
Pero la parte de atrás es la peor. En la parte de atrás vale todo.
Amada estaba preparando ensalada de fruta. Subí al entrepiso porque me había olvidado los puchos en el jean.
Entré al baño con el cigarrillo ya encendido. Me gusta fumar mientras cago. Mientras me hago la paja también. El pibe que limpia el baño se llama Cristian. Es macanudo, pero tiene un vicio mucho peor que el tabaco: te habla mientras cagas. El tipo habla y habla y no hay un día en que no tenga un tema de conversación que dure desde el momento en que levantás la tapa hasta que tirás la cadena. Yo le respondo como puedo, mucho “ajá” y “mira vos”. Esta vez Cristian estaba medio apagado porque tiene a su nena con un salpullido fulero y el antibiótico que le recetaron sale fortuna. Además, se acaba de separar, pero cuando habla de eso no se lo nota muy angustiado. Por lo poco que llegué a captar –no sé que tipo de relación fisiológica hay entre el esfínter y los oídos, pero cuando hago fuerza con el primero se tapan los segundos- parece que la mina se fue con otro tipo y le dejó los nenes, ni idea cuantos, a Cristian, que se fue a vivir a lo de su madre.
Salí del cubículo y encendí otro cigarrillo. Cristian estaba repasando el piso. Me senté en la sillita de madera. Le dije que me iba a fijar si tenía algo parecido a lo que necesitaba en casa, en la lata de los remedios de mamá. Si no le podía preguntar a Popi. Popi es un amigo medio periférico que tengo. Trabajaba con Julián en la juguetería de Caseros y Catamarca, ahora está de empleado en una farmacia. Anda siempre con la nariz irritada por culpa de una sinusitis crónica y tiene una expresión de susto muy cómica. Buen pibe, Popi. De vez en cuando me consigue algunas muestras para mamá. Sedantes, más que nada.
Cristian me contó qué además del remedio tenía que comprar una crema. “Es una crema refrescante, para que la nena no se lastime. Huevo y medio sale”.
Los parlantes del shopping crujieron y arrancó el enganchado asesino con un mega aborto de Alejandro Lerner. Por más que quieras resistirte al enganchado, tarde o temprano se te termina metiendo en la corteza cerebral. Abren con Lerner, después Cachita de Montaner, para levantar, un tema horrible de los Cadillacs, y así hasta que vuelven al comienzo. Insoportable. Cada dos o tres meses cambian algunos temas, pero nunca para mejor. Me calcé la visera y salí del baño.
Atrás de la línea de locales hay un pasillo que es el que usamos los empleados para entrar y salir, o fumar un cigarrillo y conversar un rato. Podría diseccionarse a cada local en tres partes: la parte de adelante (heladeras llenas de repostería, focaccias saborizadas de jamón y queso, carteles luminosos, jóvenes enajenados corriendo de acá para allá, etc.), que por razones obvias está siempre esplendida; la parte media, donde se conecta la parte delantera con la trasera; y la parte trasera o cocina, o sala de máquinas. Para los que no tienen la suerte de haber trabajado en un local de comidas rápidas (o fafú, como le dice mamá) va la siguiente revelación: lo que no se ve es mucho peor que lo que se ve. En la zona media, generalmente, hay dos o tres microondas que se usan para calentar los pedidos atrasados y algunas variedades de pasta. En algunos casos también hay hornos –como en Di Caprio- y hasta parrillas. Digamos que en la zona media el nivel de urgencia sanitaria es acorde a su posición: medio. Los microondas tienen las paredes internas llenas de costra amarilla, que es lo que le impregna ese sabor tan característico a la comida. El piso aguanta las primeras dos horas. Después de ese plazo vira a piso de boliche. La cafetera amanece reluciente y termina llena de manchas marrones y negras, como si hubiese corrido un rally. El aseo de los empleados que transitan esta zona da para un análisis más profundo. El mío, por lo pronto, deja mucho que desear.
Pero la parte de atrás es la peor. En la parte de atrás vale todo.
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