domingo, 28 de junio de 2009

Ciento tres


Mi cama, no es esta. Estoy acostada, pero,
esta no es mi cama.
Me habré levantado, en mitad de la noche, habré caminado, dormida,
hacia otro cuarto, me habré acostado, en otra cama.

No tienen el olor, estas sábanas, que tienen
mis sábanas. Las sábanas de mi cama, huelen distinto.
Habré descorrido, inconcientemente, la frazada, habré metido una pierna y, luego, la otra, habré percibido el roce de estas sábanas, pensando que eran mis sábanas.

Mi almohada, tampoco es esta. Se siente suave, pero,
esta no es mi almohada.
Habré aplastado mis rulos contra mi nuca, habré hundido, agotada, mi cabeza, habré sentido a las plumas ceder bajo su peso, fundiéndome, luego, en este sueño.

Alguien toma mi mano y habla. No oigo lo que dice, sólo
dejo que su mano tome mi mano.

Habrá venido a decirme que esta no es mi cama, habrá tomado mi mano para guiarme hasta mi cama, mis sábanas, mi almohada, pero,
yo sólo quiero que me dejen dormir. En este lugar tiene que haber otras camas. Yo sólo quiero seguir durmiendo.

martes, 16 de junio de 2009

Junio 2004

Al principio papá sigue siendo papá y mamá sigue siendo mamá.
Papá sigue siendo papá porque es el que me sugiere que internemos a mamá.
Y mamá sigue siendo mamá porque cuando le transmito lo que dijo papá ella dice que sí, que bueno, y me pide que llame a la ambulancia.

Después hay varios fotogramas vacíos.

Es de noche. Papá está parado al lado de la cama, acariciándole la mano a mamá. Yo los miro desde la otra cama, la de huéspedes.
Mamá respira fuerte, como si hubiese escalado el Aconcagua de un tirón, y hace unas pausas larguísimas antes de largar el aire. Papá le sigue acariciando la mano y cada tanto le dice “sí, mi amor”. Yo estoy callado, contemplando la escena.
Caigo en la cuenta de que alguna vez mi papá y mi mamá estuvieron enamorados, se pusieron de novios y se fueron a vivir juntos. Que recién unos siete años después apareció Lucía y a sus dos años vine a hacerle compañía yo. Y que, mal que mal, se aguantaron el uno al otro unos quince años.
Se me ocurre que quizás, en este preciso momento, papá es Martín, un pibe que mira dormir a una mujer a la que ama terriblemente, y Noemí, que todavía no es mamá, está sumida en un sueño profundo, confiada en que Martín se va a quedar ahí toda la noche.

Salgo de la habitación 103 sin decir nada. Tengo una sensación rara, como si por error hubiese entrado a la casa del vecino. Me siento en una de las sillas que hay en el pasillo y pienso que hay situaciones que a uno lo reubican en la vida. Situaciones grandes, como ver a tu mamá muriéndose en una cama. Situaciones mínimas, como una mano acariciando otra mano.

Al principio mamá seguía siendo mamá y papá seguía siendo papá.
Al final mamá se va a morir y papá va a volver a la casa que comparte con su segunda esposa, de la que más adelante también se va a divorciar.
Yo voy a andar un poco de acá para allá hasta que el tiempo acomode las cosas y un día cualquiera me voy a acordar de Martín y Noemí. En mi recuerdo van a estar ellos dos solos, tomados de la mano, en penumbras. Va a ser una noche de junio. Va a hacer mucho frío. Martín no se va a dormir y Noemí no se va a despertar. En ese mismo instante, el planeta Venus se va a estar cruzando con el Sol, un fenómeno que no ocurría hace más de un siglo y que va a tardar otro tanto en repetirse. A la mayoría de la gente la noticia le va a pasar inadvertida.

jueves, 11 de junio de 2009

Trenes a Retiro


Subo. Me siento.
Atrás mío sube él, pero no se sienta. Ojos claros tiene, blancos, como bolitas lecheras. Ojos que suben y bajan, como la gente del tren. Es claramente pobre y aparentemente loco. Toca la armónica.
Su mano, desabrigada, vuelta hacia arriba la palma, me mira. Recién interpretó una pieza breve, ansiosa de monedas. Le doy.
Sentado al lado mío hay un pibe, como yo pero rubio. Hurga en su bolsillo.
La misma mano, algo más extendida, temblorosa, vuelta hacia arriba la palma, lo apura. Yo me limito a mirar porque ya di.
“¿Mo-ne-das?”. “¿Mo-ne-di-tas?”. El pibe se pone nervioso. Yo también. Prueba con el otro bolsillo, el izquierdo. “Nayuda, nayudita”. Todavía me quedan algunas monedas y me dispongo a hacer una segunda donación con tal de que la escena avance. “Nayudiiiita”, repite el hombre con voz lastimera. Levanto la cabeza y veo al pibe que se incorpora y empieza a tantearse los bolsillos del jean. La situación se hace insostenible. Ahora los ojos blancos me buscan a mí. En un claro gesto de altruismo entrego la respetable suma de $0,75 (setenta y cinco centavos). El hombre se cansa de esperar a mi compañero de asiento y se aleja haciendo ruido con las monedas. Este hecho, lejos de tranquilizar al pibe, aumenta su nerviosismo. Completamente erguido, se desprende de su saco y lo abre de par en par, buscando algún bolsillo interno que se le pueda haber pasado de largo en la requisa. El loco de la armónica ya está haciendo su número en el vagón de adelante. Yo me quedo mirando al pibe que ahora da vuelta la mochila y saca un cuaderno de tapa dura con una panorámica de Playa del Carmen mientras rumia algunas puteadas. Estoy azorado. Me pregunto si no debería haberle dado un poco más al hombre, un dos pesos quizás.
El vagón se va llenando a medida que pasan las estaciones. El loco de la armónica se baja en Colegiales y arrastra los pies por el andén en sentido contrario al tren. El pibe ni se mosquea, meta sacar papeles y otros enseres de escritorio de la mochila. Su asiento parece un catálogo de artículos de librería. Le estoy por decir que ya fue, pero me da cosa.
Dejamos atrás Tres de febrero. El guarda se acerca haciendo su consabido zig-zag por el pasillo. Cuando llega a nuestro asiento lo mira al pibe que está haciendo fuerza para meter el cuaderno de vuelta en la mochila -y que ya putea abiertamente- y después me mira a mí, pero, prudente, opta por hacerse el distraído y sigue de largo. Yo me quedo callado, con la mano levantada y mi boleto intacto. Guardo el boleto y disimuladamente lo miró al pibe. Está sentado, con la mochila sobre las piernas y una cara de culo importante. Pasamos la autopista. Escucho un cierre abriéndose. “Este pibe está loco”, pienso. Ya estamos entrando a Retiro cuando el susodicho lanza una puteada larga y bien modulada. Me levanto convencido de haber viajado junto a la reencarnación de la Madre Teresa, pero la emoción me dura lo que un suspiro. Como el que da el pibe mientras saca la mano de uno de esos bolsillitos ocultos que tienen las mochilas de ahora y le sonríe a su I-pod.

lunes, 8 de junio de 2009

Junio 2009


Recién acompañé a Ani a la estación. Esperamos el tren sentados en uno de esos bancos de madera que tienen varios listones horizontales y que si se los mira de costado parecen una lengua enorme. La pierna de Ani se escondió entre mis piernas y yo puse mis manos entre las suyas. Hacía un frío de morgue.

Como la espera iba para largo –el tren anterior se había ido delante de nuestras lloronas narices- nos pusimos a conversar.
No recuerdo exactamente cómo llegamos a hablar de mamá. Si no me equivoco empezó Ani y yo –esto sí lo recuerdo bien- le dije que hoy había estado pensando en ella justamente, en mamá. Ani me preguntó qué había estado pensando. Creo que a ella le gusta hablar de este tema porque su papá murió relativamente joven, como mamá.
El papá de Ani fundió biela después de una agonía larga. Perdió la pelea, como quien dice, por puntos. Ella era chica y se dio cuenta de que él estaba enfermo bastante después de que le diagnosticaran el cáncer. Cuando su papá murió, Ani tenía quince. La edad justa para que una cosa así te caiga como un mazazo en la cabeza.
Yo la tuve más suave: mamá aguantó quince días. Nocaut. El fin de semana previo a que la internaran me había hecho un paso de ballet en el living para que yo me decidiese a salir con mis amigos. Aparentemente el dolor de espalda le había aflojado, pero, por como se dio todo, calculo que el cáncer estaba tomando envión. Yo sumaba veintiún abriles, suficientes, según la ley, para hacerme cargo de mi alimentación, entre otras cosas.

Giré la cabeza y abrí bien los ojos a ver si el viento helado me secaba los lacrimales. No hubo caso. Me di vuelta y miré a Ani con los ojos como dos vidrieras.
-La extraño- le respondí, sin que hiciera falta aclarar que más que pensando había estado añorándola.

Ani subió al tren. Yo la escolté hasta la puerta y la saludé con un beso en la boca. Después di media vuelta y baje del andén por una escalera lateral.
Cuando nos despedimos ya ninguno de los dos lagrimeaba, pero a mi la charla me había dejado de un humor otoñal.
Me volví a casa revoleando el llavero. Mientras cruzaba el parque noté que estaba completamente solo, ningún ser vivo -sin contar a las plantas- a la vista, nadie, ni siquiera un perro. Había un silencio atronador. Por las dudas miré hacia atrás. Nada. Nadie. Más adelante, como a unos veinte metros, vi un tilo con unas pocas hojas ya muy secas.

Hace cinco años que se murió mamá y llevo la misma cantidad de tiempo refiriéndome a ella en tercera persona. Sentí como una necesidad física de llamarla de un grito y se me ocurrió que la referencia del árbol me iba a ayudar a proyectar la voz, pero me salió un murmullo aspirado. Todavía me quedaban unos diez metros para pasar el tilo, así que me embarqué en un segundo intento. Moví la lengua con la boca cerrada a ver si la hacía entrar en calor, fabriqué una considerable cantidad de saliva que luego tragué, me humedecí los labios, miré directo hacia el tilo y grité. No salió nada.
Una racha de viento frío polar antártico me obligó a admitir mi fracaso. Dejé atrás tilo y parque y seguí arrastrando los pies hasta casa.

Ahora estoy echado en el sofá. Me pongo a escribir esto que estoy escribiendo, la imagino a Ani bajando del tren, contando las monedas para el colectivo, me levanto, pongo agua para el mate, escuchó los mensajes del contestador, escribo un poco más, cierro la persiana, apago la luz, me saco las zapatillas, le pego una releída a lo escrito.
Ahora sí. Ahora me escucho llamándote. Ahora siento que me sale más fácil, ma.